El autor presenta: Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña

El autor presenta: Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña

17 Febrero 2021
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Este texto fue leído en la presentación del libro Amor romántico y muerte voluntaria: Vida y obra de Manuel Acuña en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2020. Haz clic aquí para ver la presentación.

Por: Abraham Godínez Aldrete

 

“¿No arderá eternamente la víctima secreta del amor?”

Novalis, Himnos de la Noche.

 

Ya sé que esto es como un cuento de terror. Estábamos silbando, alegres, y de repente estamos encerrados en nuestras casas desde hace once meses. Pandemias ha habido siempre, pero ésta es la nuestra. Desde aquí sostengo un papel, y les hablo creyendo que me escuchan. Alguna vez estuvimos juntos, en un café, en un salón, en la mesa de la cocina de la casa que es su casa. Ahora estamos lejos, sostenidos por una señal de "Wifi" que se cae con cualquier apagón, una ráfaga de aire, un soplido, un falso contacto. Pero no hay que estar tristes, nos queda la imagen y la voz. Nos queda la presencia virtual. A lo mejor el cuento de terror no es tan grave, y tal vez el viejo Darwin (tan querido por Freud) tiene razón y la lucha consiste en adaptarse (adaptarse a un mundo cada vez más distante). Tal vez el reto es hacer las cosas de manera diferente, acostumbrarse a nuevos modos de presencia: hablar por "WhatsApp", impartir clase por "Meet", mirarse por "Instagram", ser amigos por "Facebook". ¿Pero cómo hacer presentaciones de libros virtuales cuando nos gusta tanto vernos y conversar y brindar?

Y así, desde una lejanía pandémica y una cercanía cibernética, les presento a esta víctima del amor. A este poeta mexicano, Manuel Acuña, que se enamoró locamente de Rosario de la Peña. ¿Se puede amar sin locura? Mujer asediada por varios poetas de la época: Altamirano, Flores y Ramírez. Se sabe bien que Manuel Acuña era el más asiduo a frecuentar aquella casa de la Calle de Santa Isabel número 10. La historia dice que el viernes 5 de diciembre, después de haber comido con Juan de Dios Peza y de haber caminado por la Alameda, Manuel visitó a Rosario. Al día siguiente, el sábado 6 de diciembre de 1873, se suicidó ingiriendo dos dracmas de cianuro. La nota póstuma decía: "lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable". Pero los poetas de la época quisieron leer la muerte de Manuel a través del poema que había dedicado a Rosario. "Nocturno", se llama:

 

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

Y así, casi 147 años después de ese frío sábado, el "Nocturno" se conserva en la memoria poética de nuestro país.

 

"Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo, y en mis locos y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más."

(Acuña, Nocturno [fragmento])


¿Por qué bendecir los desdenes y adorar los desvíos?, Manuel.

 

"A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?"

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

¿Por qué?, Manuel. ¿Por qué otorgar la eterna despedida a la mujer imposible? ¿Por qué la muerte tendría que ser el acto supremo del amor? No, no hablo solamente de tu muerte, Manuel, sino de tus poemas como "La Gloria" u "Hojas secas", o como sucede en tu obra de teatro "El pasado" y lo relatas en tus cartas. O esa rara fascinación que sentías por el cuadro de "Francesca de Rímini" que se encontraba en la fonda donde comías, te gustaba tanto que te lo querías llevar a tu recámara de joven estudiante de Medicina en la Ciudad de México. Sí, ya sé que el amante que ama a una mujer imposible y que se suicida es un viejo tema literario después de que Goethe escribió las Cartas del joven Werther. Ya sé que el amor que encuentra su realización en la muerte es un reiterado motivo literario que recorre escritos medievales como Tristán e Isolda y que encuentran su cúspide en la memoria colectiva con la muerte de Romeo y Julieta. Ya sé que aquí el tema no es tu vida, sino un mito amoroso-mortífero que se construye sobre la base del amor puro. Un amor que debe oponerse a todo interés y a todo placer. Un amor que ama el amor y que, según nos dice Denis de Rougemont, fue fomentado por el catarismo y encontró su cúspide en el Romanticismo. Por eso, querido Manuel, este libro no habla solamente de ti, sino de un discurso que te trasciende y que irónicamente encuentra en la muerte la realización del amor. Extraño modo de morir, extraño modo de amar. ¿Hay algún amor que no sea extraño? Ya decía Freud que para el varón hay tres figuras posibles de la mujer: la madre, la amada y la muerte. ¿Por qué elegiste la tercera?, Manuel. ¿Será la muerte un intento desesperado por hacer posible lo imposible?

En todo caso no se trata solamente de tu muerte, Manuel, sino del mito de tu muerte. El mito que se construyó durante décadas, y que nos lleva a llamarte cada vez que vamos a una Ciudad de México y encontramos una calle con tu nombre: Manuel Acuña. Y de la mano del método que el profesor Freud nos enseñó, encontramos en el fondo del mito el fantasma de un suicidio de a dos. ¿Te acuerdas?, Manuel, cuando le propusiste a Rosario tomar cianuro contigo: "Una tarde, si usted me llega a querer, ¿sería capaz de tomar cianuro conmigo?", según dice ella, tú le dijiste. O te acuerdas, Manuel, esa frase del poema "Resignación" que le dedicaste a Laura Méndez: "lancémonos entonces a ese mundo en donde todo es sombras y vacío". Pero nadie quiso morir contigo, entonces tuviste que morir solo. Todos tenemos que morir solos. Es la ley de la vida. No te juzgamos, Manuel: hay parejas que mueren juntos todos los días, hay otros que deshacen sus vínculos con el mundo y hacen de su casa un sepulcro. Pero tú querías morir en verdad con la mujer amada; ahí no cabían metáforas. Un "suicidio de a dos" así como hay una "folie a deux". La muerte compartida como escritura de la relación sexual. Ya decía Lacan que nadie enloquece solo, y podemos agregar que ningún poeta romántico quiere morir solo.

Tu muerte es una invitación a la mujer amada: si muere contigo, se eterniza la unión a través del suicidio compartido. Así sucede en tu obra "El pasado", en la que David muere súbitamente al encontrar que Eugenia se ha matado por amor a él. Así lo relatas, también, en el poema "Dos víctimas". Una y otra vez en tu obra aparece la muerte de los dos amantes como un tema en el que se resuelve la soledad. Una y otra vez, la fusión como analogía:

"esa tierna fusión de dos criaturas
gimiendo en un gemido
con un goce gozando
y latiendo en unísono latido" […]

(Acuña, Amor [fragmento])

 

Y la muerte como ironía, habría que agregar. ¿Y la soledad?, Manuel. ¿Y si la amada no muere contigo? Bueno, al menos con su indiferencia enaltece el acto puro y romántico del suicidio por amor: un sobresaliente poeta joven muere por el amor de una mujer imposible:

"Esa era mi esperanza… mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de las tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta, mi juventud, adiós!" […]

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

Ese fue tu último adiós, Manuel. La despedida a todo lo que amabas. El tiempo leyó en clave romántica tu muerte: sin recibir recompensa alguna, sin esperar retribución alguna, inevitablemente, Rosario pasó a la historia como "Rosario, la de Acuña". ¿Psicoanalizarte?, Manuel. No, eso no, sería mucho decir. No creemos en el psicoanálisis aplicado. Más bien se trata de conservar tu obra y tu acto en este libro. En "La Gradiva y los sueños", Freud dice que los poetas están adelantados en el reconocimiento del inconsciente. Dice que su testimonio ha de ser considerado en gran valía. Y así lo hacemos, Manuel: te leemos, te seguimos, te escuchamos más de cien años después de tu muerte. Al leerte, nos enteramos que para actuar el discurso del amor puro hay que eliminar el deseo sexual y los restos del placer, y nos enteramos que en eso se nos puede ir la vida. Nos damos cuenta de lo difícil que es estudiar medicina en una ciudad lejana al "hogar risueño", extrañar a la familia, y enterarse —a lo lejos— de la muerte del padre que se ha amado tanto. Sabemos que ha sido doloroso estar separado de tu madre, ahora que ella está viuda y que cree que tú eres su única esperanza; y sabemos lo complicado que ha sido saber que serás padre, ahora que Laura parirá un hijo tuyo (a tus 24 años). Y ahora que Rosario se entera de eso, tú le compones el "Nocturno". Lo escribes para ella, pero lo compusiste para todos nosotros. Sabes que el juego está perdido, y te despides. Sabemos que vivir no es fácil. Lo sabemos desde siempre. Y tú vienes a recordárnoslo. Pero la vida es todavía más difícil cuando en el amor no puede haber deseo o placer, cuando el amor quiere hacerse puro e imposible. El amor romántico aguarda en sí un deseo de muerte. Y ésta es una gran lección clínica para el psicoanálisis: el amor sin deseo, sin interés o sin placer, puede ser un amor mortífero, pura pulsión de muerte. Guardamos tu testimonio y lo transmitimos. Sabemos que no ha sido fácil vivir, y mucho menos morir. Aún así guardamos tu acto en este libro: Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña. Guardamos tu palabra y tus poemas. Los publicamos, los leemos, los recitamos, los presentamos…

 

Acaso, Manuel, ¿no ardes eternamente?

Martes 1 de diciembre de 2020

 

Referencia:

Godínez, A. Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña. Guadalajara: Editorial Universidad de Guadalajara, 2019.

Acerca del autor:

Abraham Godínez Aldrete. Profesor Investigador del Departamento de Humanidades y Artes del Centro Universitario de Tonalá, Universidad de Guadalajara. Investigador del Sistema Nacional de Investigadores de CONACYT. Psicoanalista y Filósofo. Docente en la Licenciatura de Historia del Arte del CUT y miembro del Núcleo Académico Básico de la Maestría en Estudios Filosóficos del CUCSH. Autor de tres libros: La noción de ser en psicoanálisis (UACJ, 2017); Filosofía política y subjetividad: Aportaciones a una genealogía del deseo (UdeG, CUCSH, 2018); Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y Obra de Manuel Acuña (Editorial UDG, CUT, 2020). Línea de investigación: Análisis de la constitución de subjetividades en la historia de las ideas y el arte.

 

Descarga Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y Obra de Manuel Acuña en este enlace.

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Este texto fue leído en la presentación del libro Amor romántico y muerte voluntaria: Vida y obra de Manuel Acuña en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2020. Haz clic aquí para ver la presentación.

Por: Abraham Godínez Aldrete

 

“¿No arderá eternamente la víctima secreta del amor?”

Novalis, Himnos de la Noche.

 

Ya sé que esto es como un cuento de terror. Estábamos silbando, alegres, y de repente estamos encerrados en nuestras casas desde hace once meses. Pandemias ha habido siempre, pero ésta es la nuestra. Desde aquí sostengo un papel, y les hablo creyendo que me escuchan. Alguna vez estuvimos juntos, en un café, en un salón, en la mesa de la cocina de la casa que es su casa. Ahora estamos lejos, sostenidos por una señal de "Wifi" que se cae con cualquier apagón, una ráfaga de aire, un soplido, un falso contacto. Pero no hay que estar tristes, nos queda la imagen y la voz. Nos queda la presencia virtual. A lo mejor el cuento de terror no es tan grave, y tal vez el viejo Darwin (tan querido por Freud) tiene razón y la lucha consiste en adaptarse (adaptarse a un mundo cada vez más distante). Tal vez el reto es hacer las cosas de manera diferente, acostumbrarse a nuevos modos de presencia: hablar por "WhatsApp", impartir clase por "Meet", mirarse por "Instagram", ser amigos por "Facebook". ¿Pero cómo hacer presentaciones de libros virtuales cuando nos gusta tanto vernos y conversar y brindar?

Y así, desde una lejanía pandémica y una cercanía cibernética, les presento a esta víctima del amor. A este poeta mexicano, Manuel Acuña, que se enamoró locamente de Rosario de la Peña. ¿Se puede amar sin locura? Mujer asediada por varios poetas de la época: Altamirano, Flores y Ramírez. Se sabe bien que Manuel Acuña era el más asiduo a frecuentar aquella casa de la Calle de Santa Isabel número 10. La historia dice que el viernes 5 de diciembre, después de haber comido con Juan de Dios Peza y de haber caminado por la Alameda, Manuel visitó a Rosario. Al día siguiente, el sábado 6 de diciembre de 1873, se suicidó ingiriendo dos dracmas de cianuro. La nota póstuma decía: "lo de menos era entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable". Pero los poetas de la época quisieron leer la muerte de Manuel a través del poema que había dedicado a Rosario. "Nocturno", se llama:

 

¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

Y así, casi 147 años después de ese frío sábado, el "Nocturno" se conserva en la memoria poética de nuestro país.

 

"Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo, y en mis locos y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más."

(Acuña, Nocturno [fragmento])


¿Por qué bendecir los desdenes y adorar los desvíos?, Manuel.

 

"A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y hundirte en mi pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?"

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

¿Por qué?, Manuel. ¿Por qué otorgar la eterna despedida a la mujer imposible? ¿Por qué la muerte tendría que ser el acto supremo del amor? No, no hablo solamente de tu muerte, Manuel, sino de tus poemas como "La Gloria" u "Hojas secas", o como sucede en tu obra de teatro "El pasado" y lo relatas en tus cartas. O esa rara fascinación que sentías por el cuadro de "Francesca de Rímini" que se encontraba en la fonda donde comías, te gustaba tanto que te lo querías llevar a tu recámara de joven estudiante de Medicina en la Ciudad de México. Sí, ya sé que el amante que ama a una mujer imposible y que se suicida es un viejo tema literario después de que Goethe escribió las Cartas del joven Werther. Ya sé que el amor que encuentra su realización en la muerte es un reiterado motivo literario que recorre escritos medievales como Tristán e Isolda y que encuentran su cúspide en la memoria colectiva con la muerte de Romeo y Julieta. Ya sé que aquí el tema no es tu vida, sino un mito amoroso-mortífero que se construye sobre la base del amor puro. Un amor que debe oponerse a todo interés y a todo placer. Un amor que ama el amor y que, según nos dice Denis de Rougemont, fue fomentado por el catarismo y encontró su cúspide en el Romanticismo. Por eso, querido Manuel, este libro no habla solamente de ti, sino de un discurso que te trasciende y que irónicamente encuentra en la muerte la realización del amor. Extraño modo de morir, extraño modo de amar. ¿Hay algún amor que no sea extraño? Ya decía Freud que para el varón hay tres figuras posibles de la mujer: la madre, la amada y la muerte. ¿Por qué elegiste la tercera?, Manuel. ¿Será la muerte un intento desesperado por hacer posible lo imposible?

En todo caso no se trata solamente de tu muerte, Manuel, sino del mito de tu muerte. El mito que se construyó durante décadas, y que nos lleva a llamarte cada vez que vamos a una Ciudad de México y encontramos una calle con tu nombre: Manuel Acuña. Y de la mano del método que el profesor Freud nos enseñó, encontramos en el fondo del mito el fantasma de un suicidio de a dos. ¿Te acuerdas?, Manuel, cuando le propusiste a Rosario tomar cianuro contigo: "Una tarde, si usted me llega a querer, ¿sería capaz de tomar cianuro conmigo?", según dice ella, tú le dijiste. O te acuerdas, Manuel, esa frase del poema "Resignación" que le dedicaste a Laura Méndez: "lancémonos entonces a ese mundo en donde todo es sombras y vacío". Pero nadie quiso morir contigo, entonces tuviste que morir solo. Todos tenemos que morir solos. Es la ley de la vida. No te juzgamos, Manuel: hay parejas que mueren juntos todos los días, hay otros que deshacen sus vínculos con el mundo y hacen de su casa un sepulcro. Pero tú querías morir en verdad con la mujer amada; ahí no cabían metáforas. Un "suicidio de a dos" así como hay una "folie a deux". La muerte compartida como escritura de la relación sexual. Ya decía Lacan que nadie enloquece solo, y podemos agregar que ningún poeta romántico quiere morir solo.

Tu muerte es una invitación a la mujer amada: si muere contigo, se eterniza la unión a través del suicidio compartido. Así sucede en tu obra "El pasado", en la que David muere súbitamente al encontrar que Eugenia se ha matado por amor a él. Así lo relatas, también, en el poema "Dos víctimas". Una y otra vez en tu obra aparece la muerte de los dos amantes como un tema en el que se resuelve la soledad. Una y otra vez, la fusión como analogía:

"esa tierna fusión de dos criaturas
gimiendo en un gemido
con un goce gozando
y latiendo en unísono latido" […]

(Acuña, Amor [fragmento])

 

Y la muerte como ironía, habría que agregar. ¿Y la soledad?, Manuel. ¿Y si la amada no muere contigo? Bueno, al menos con su indiferencia enaltece el acto puro y romántico del suicidio por amor: un sobresaliente poeta joven muere por el amor de una mujer imposible:

"Esa era mi esperanza… mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de las tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta, mi juventud, adiós!" […]

(Acuña, Nocturno [fragmento])

 

Ese fue tu último adiós, Manuel. La despedida a todo lo que amabas. El tiempo leyó en clave romántica tu muerte: sin recibir recompensa alguna, sin esperar retribución alguna, inevitablemente, Rosario pasó a la historia como "Rosario, la de Acuña". ¿Psicoanalizarte?, Manuel. No, eso no, sería mucho decir. No creemos en el psicoanálisis aplicado. Más bien se trata de conservar tu obra y tu acto en este libro. En "La Gradiva y los sueños", Freud dice que los poetas están adelantados en el reconocimiento del inconsciente. Dice que su testimonio ha de ser considerado en gran valía. Y así lo hacemos, Manuel: te leemos, te seguimos, te escuchamos más de cien años después de tu muerte. Al leerte, nos enteramos que para actuar el discurso del amor puro hay que eliminar el deseo sexual y los restos del placer, y nos enteramos que en eso se nos puede ir la vida. Nos damos cuenta de lo difícil que es estudiar medicina en una ciudad lejana al "hogar risueño", extrañar a la familia, y enterarse —a lo lejos— de la muerte del padre que se ha amado tanto. Sabemos que ha sido doloroso estar separado de tu madre, ahora que ella está viuda y que cree que tú eres su única esperanza; y sabemos lo complicado que ha sido saber que serás padre, ahora que Laura parirá un hijo tuyo (a tus 24 años). Y ahora que Rosario se entera de eso, tú le compones el "Nocturno". Lo escribes para ella, pero lo compusiste para todos nosotros. Sabes que el juego está perdido, y te despides. Sabemos que vivir no es fácil. Lo sabemos desde siempre. Y tú vienes a recordárnoslo. Pero la vida es todavía más difícil cuando en el amor no puede haber deseo o placer, cuando el amor quiere hacerse puro e imposible. El amor romántico aguarda en sí un deseo de muerte. Y ésta es una gran lección clínica para el psicoanálisis: el amor sin deseo, sin interés o sin placer, puede ser un amor mortífero, pura pulsión de muerte. Guardamos tu testimonio y lo transmitimos. Sabemos que no ha sido fácil vivir, y mucho menos morir. Aún así guardamos tu acto en este libro: Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña. Guardamos tu palabra y tus poemas. Los publicamos, los leemos, los recitamos, los presentamos…

 

Acaso, Manuel, ¿no ardes eternamente?

Martes 1 de diciembre de 2020

 

Referencia:

Godínez, A. Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y obra de Manuel Acuña. Guadalajara: Editorial Universidad de Guadalajara, 2019.

Acerca del autor:

Abraham Godínez Aldrete. Profesor Investigador del Departamento de Humanidades y Artes del Centro Universitario de Tonalá, Universidad de Guadalajara. Investigador del Sistema Nacional de Investigadores de CONACYT. Psicoanalista y Filósofo. Docente en la Licenciatura de Historia del Arte del CUT y miembro del Núcleo Académico Básico de la Maestría en Estudios Filosóficos del CUCSH. Autor de tres libros: La noción de ser en psicoanálisis (UACJ, 2017); Filosofía política y subjetividad: Aportaciones a una genealogía del deseo (UdeG, CUCSH, 2018); Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y Obra de Manuel Acuña (Editorial UDG, CUT, 2020). Línea de investigación: Análisis de la constitución de subjetividades en la historia de las ideas y el arte.

 

Descarga Amor romántico y muerte voluntaria. Vida y Obra de Manuel Acuña en este enlace.